El aragonesismo: fluidez, centralidad y marginalidad

14 enero, 2016
Mani del 20 d'aviento en 2012

Autor: Diego Marín para AraInfo

El Diccionario de la Real Academia Española define el término “aragonesismo” con dos acepciones: la primera es un uso lingüístico, la segunda viene a describir “el amor o apego a lo aragonés”. A partir de esta sencilla idea vamos a tratar de abordar la cuestión del aragonesismo, relacionándolo con hechos tan actuales como las últimas noticias que llegan de Catalunya, el apoyo de la CUP a la investidura de la coalición Junts pel Sí. Es decir el catalanismo en su estado más emancipador, las reacciones que ha provocado y los límites conceptuales del aragonesismo.

En Twitter, determinadas personalidades de la política aragonesa comenzaron a criticar ese acuerdo de investidura, como Patricia Luquín (IU): “En fin!!! Cuando piensas que nada te puede sorprender. … zas/Mas/CUP lo de ” corregir las urnas” para echarse a llorar“; Ángela Labordeta (CHA): “Lo que ha pasado en Cataluña es histriónico; lo de Mas, enfermizo. Gana el poder establecido, que engulle a los antisistema de las CUP“; o Pablo Echenique (Podemos): “Respeto la trayectoria de lucha contra la corrupción y la justicia social de la CUP. Justo por eso, discrepo de su decisión. CDC es CDC“. Sinceramente, no me sorprendieron estas opiniones, pero resultaba triste el hecho de no creer en la libertad (la ruptura) para nuestros vecinos catalanes. ¿El rupturismo no entra dentro del aragonesismo? Excepto formaciones como Puyalón de Cuchas o Estado Aragonés, el resto de partidos (aragoneses) han engullido el aragonesismo en unos límites que valoro como sesgados.

En el número 0 de Subarbre, exponía una reflexión sobre la necesidad de construir un Aragón posmoderno. En ese artículo, valoraba como las estructuras dominantes son las que marcan la línea del éxito, expulsando a cualquier rebelde o transgresor a la marginalidad. Mi apuesta por un Aragón, un país, como consenso básico y constituyente, queda aplastada o alejada de la visión aragonesista de estos agentes políticos. Nuestra realidad está muy alejada de la catalana, así que ni siquiera el internacionalismo parece tener cabida para ellos.

El apego a lo aragonés les lleva a defender el marco nacional español, igual que a PP, PSOE y Ciudadanos. En realidad este aragonesismo no es nuevo, ya que de una forma o de otra todas las formaciones políticas son aragonesistas en función de estos discursos. Ampliaría el marco a toda la sociedad aragonesa: sindical, cultural, institucional… ¿quién no tiene apego a lo aragonés? Los baturristas aman Aragón, la Guardia Civil adora la tierra aragonesa, la mayoría de los clubes deportivos llevan la bandera aragonesa en sus brazaletes, incluso los turistas que vienen a esquiar o conocer nuestro patrimonio serían aragonesistas. Pero estamos hablando de otras cosas y ese es el problema: la crisis del aragonesismo, la debilidad de nuestra identidad como Pueblo.

Históricamente, el aragonesismo político tiene unas coordenadas muy concretas -desde 1868 hasta 2015, con Gaspar Torrente, el PSA, el RENA, Chobenalla…- pero a la hora de la verdad, ha quedado diluido, roto, sin una hoja de ruta que permita ser conscientes de lo que significa como universo político-cultural. Guillén González diagnostica que el discurso se ha quedado anticuado, los símbolos identitarios del aragonesismo no son compartidos por la mayor parte de la sociedad. La prepotencia de la “verdadera aragonesidad” no se tolera, ya que son las personas las que conforman el aragonesismo y estas aparecen por muchos lugares (Jorge Luis Bail, diputado por Alto Aragón en Común, realizó su juramento en aragonés y mencionando los derechos de los pueblos). Esta liquidez conceptual puede ser beneficiosa, pero siempre bajo unos mínimos comunes.

Prefiero abordar el aragonesismo desde una perspectiva de intensidades o niveles, que van desde el regionalismo (aceptado por las “masas” políticas), el autonomismo, el foralismo, el federalismo plurinacional, el confederalismo o el independentismo internacionalista.

Aragón en sus límites de producción identitaria está vacío conceptualmente. El PAR defiende la geografía (su comarcalización sería el ejemplo más claro), el PP exige a ultranza los derechos y las libertades, el PSOE gestiona recursos, oportunidades y gobernanzas (por el bien de los aragoneses), Podemos empodera a la gente, a ese 99% de las aragonesas que lo están pasando mal. CHA defiende el autogobierno, o “cuatribarrar el futuro”, frase de su presidente (artículo en Heraldo de Aragón, 31-12-14). IU algo parecido aunque con referentes más difusos. Equo pretende un Aragón verde, ecológico. Puyalón de Cuchas apuesta por la independencia aragonesa bajo parámetros radicalmente socialistas. De una forma o de otra, como decía Guillén, el aragonesismo está disperso por muchos lugares.

Aragón es su gente. Igual que Catalunya. O Castilla. Pero no es una idea vacía para no decir nada. El aragonesismo corre riesgos muy graves si no se redefine conceptual, social y culturalmente. Al fin y al cabo, si los conflictos centro-periferia se siguen acentuando, nuestro imaginario no puede reducirse a lo defensivo (Canfranc, Trasvase no) ni siquiera a lo propositivo reformista (financiación o competencias). Un Aragón desnudo queda expuesto a una segunda Nueva Planta.

Autor: Daniel Lerín Cristóbal (@Danilerin)